Las vidas que nunca seré

AL CAPONE EN CHICAGO

Al Capone en Chicago

A la izquierda, cartel de “Se busca” de Al Capone. A la derecha, página del periódico The Chicago Daily News informando de la matanza de la banda de Bugs Moran, episodio que se conoce como ‘La matanza de San Valentín’.

No deja de ser irónico (o chusco) que el mayor gángster de la historia de Norteamérica fuese atrapado por un problema con el fisco y no por sus atrocidades de delicuente. Así empieza el relato de Al Capone en Chicago:

“Mi jefe, Al Cara Cortada Capone, tenía en los locos años veinte una legión de pistoleros desparramada por la ciudad, infinitas posesiones y más de quince guardaespaldas que lo custodiaban día y noche. Todo esto le costaba dos cientos mil dólares a la semana. Mi jefe, Al Cara Cortada Capone, era un napolitano jovial, sin escrúpulos, gordo, juerguista, de manos pequeñas como de muñeca chochona y labios carnosos,como de caballo congestionado”.

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PINTOR EN MONTPARNASSE 

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Paul Gauguin tocando el armonio en el estudio de Alphonse Mucha, en 1895. A la derecha, cuadro de Toulouse-Lautrec: ‘La Goulue entrando en el Moulin Rouge’ (1892).

Para escribir este cuento, me basé muy parcialmente en la figura de Paul Gauguin, quien dejó atrás su vida burguesa, aprovechando que le echaron del Banco en el que trabajaba. Abandonó esposa y cinco hijos, y decidió dedicarse en cuerpo y alma a lo único que ansiaba en la vida: la pintura. Las bailarinas del Moulin Rouge también tienen su importancia en el relato. Así empieza:

“La historia del arte está escrita con resentimiento y ya nadie se acuerda de que la llegada de Alfonso Miramón a Montparnasse, el 30 de septiembre de 1912, fue todo un acontecimiento. Su entrada en el Café de La Rotonde, arrumbando los veladores de
mármol, ebrio de absenta y de los versos de Lautréamont, vestido con un pantalón de tela gruesa, una camisa blanca, anudada con chalina floja, una boina ladeada y un bastón en forma de pene que él mismo dijo haberse labrado, nos dejó a todos atónitos”.

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TAXISTA EN NUEVA YORK

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Cartel de la película ‘Taxi Driver’, de 1976.

Era inevitable pensar en la película de Martin Scorsese a la hora de escribir este relato. En puridad no es Travis Bickle quien pulula por las páginas, pero algo sí se le parece. Es un paranoico conspiranoide, y “un solitario hombre de Dios”. Así empieza:

“Aquejado de la peor de las pesadillas, el insomnio, Jack Murray, veterano de la guerra de Vietnam y taxista de profesión, deambula como un fantasma por las noches malditas de la ciudad de cristal.

Hay siempre en Nueva York, en esa travesía incierta de madrugadas infinitas y alcantarillas humeantes, un hormigueo de recién llegados, de restaurantes italianos, de puestos callejeros de hot dogs, un cultivo de prostitutas y transexuales, un entrecruce de pordioseros y lacitos pretzels, de drogadictos, de fanáticos y maricones, un remolino alucinado en el que se mezclan los borrachos y los sodomitas, un mar confuso de clubes nocturnos y whisky malo, de sonidos melancólicos de saxo y de olores saturados de carne magra puesta en las hamburguesas”.

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BOXEADOR EN DETROIT

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Bello cuadro impresionista del pintor judío neerlandés, Isaac Israëls.

La sola palabra de Detroit ya evoca ruina, abandono y soledad. Una historia de boxeadores en Detroit tenía que ser turbia y marrullera, pero también que conjugara el heroísmo cotidiano de los chavales sin futuro que, a falta de cosas mejor que hacer, se meten entre doce cuerdas a darle a los guantes. Así empieza:

“Esa noche Detroit arde por los cuatro costados, envuelta en el fuego crepitante de los edificios abandonados, de las plantas industriales que han gripado el motor de su economía, de las casas huecas, sustentadas por fachadas que apuntalan la ruina de la ciudad vacía. Esa noche Detroit refulge en una luz resplandeciente y fantasmagórica como una pesadilla”.

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