Otras vidas

Hay genios de la literatura que me han marcado profundamente, como lector o como escritor. Estas son mis vidas escritas, esbozos de biografías de autores insólitos, que están en la cima de mis preferencias estéticas, muy dispares y heterodoxas, como se puede ver. 


HERMAN MELVILLE, MARINERO EN TIERRA

El día después de su muerte, el New York Times publicó este breve obituario: “Herman Melville murió ayer en su residencia del Este de Nueva York, en el 104 de la calle 27, de un fallo cardíaco, a la edad de 72 años. Fue el autor de Taipí, Omúy Moby Dick, y otras historias de marineros, escritas en sus primeros años. Deja mujer y dos hijas”. Era el 29 de septiembre de 1891 y, pese a los denodados esfuerzos de Melville por ser considerado uno de los mejores novelistas de su tiempo, murió prácticamente en el desconsuelo del anonimato.

2013-01-25-MobyDick_elbibliofiloenmascarado.jpgPublicó Moby Dick con 32 años y el fracaso fue tan rotundo, las críticas tan malas, que su carrera literaria, potencialmente tan grande como la novela que acababa de dar a la imprenta, quedó truncada. Nunca se agotaron los 3.000 ejemplares que se publicaron de la primera edición y muchos de ellos se perdieron en un incendio del almacén de su editor en 1853. Para el año 1886, Moby Dick, la novela más ambiciosa jamás concebida por un escritor norteamericano hasta el momento, estaba descatalogada.

Antes de esto, Melville tuvo una vida de muchas vicisitudes. A la muerte del padre, un iluso con escaso talento que andaba siempre buscando un golpe de fortuna y que acabó arruinado y en bancarrota, la familia debió abandonar Nueva York y trasladarse a Albany, lo que obligó a los hijos a dejar de estudiar. Herman, el tercero de ocho hermanos, tuvo que dedicarse a distintos oficios. Trabajó en un banco y después como maestro rural. A los 19 años, sin saber qué hacer con su vida, un poco al estilo de su Ismael, el narrador de Moby Dick, decidió echarse el macuto a la espalda y hacerse a la mar. Estuvo como mozo de camarote en un barco mercante que cubría la ruta Nueva York y Liverpool, y luego como ballenero, viajando por los Mares del Sur y las islas de la Polinesia. Durante los cuatro años que estuvo en el mar, adquirió todas las experiencias que le servirían para componer sus novelas: Taipí,Omú, Mardi, Redburn o Chaqueta Blanca, con las que logró adquirir cierta fama, debido al exotismo y la fantasía de sus historias.

Melville era hiperbólico y evasivo, animadísimo conversador y gran amante del whisky y el café, que le gustaba torrefacto, bien molido y servido justo antes de hervir. Era tan prolífico y rápido escribiendo que cometía numerosas faltas de ortografía. Apenas corregía y mientras escribía le gustaba encerrarse en el segundo piso de su casa de los Berkshires, adonde se retiró con su mujer e hijos después de estar viviendo en Nueva York durante tres años, para estar lo más cerca posible de su admirado Nathaniel Hawthorne. Cuando aún vivía en la gran metrópoli, ante el asombro de su suegro al escribir dos novelas en 6 meses, le envió una carta en la que reconocía que eran libros que hacía “por dinero, obligándome a hacerlos como otros hombres son obligados a serrar madera”. Tenía muy claro que su vocación era ser escritor, y para ganarse la vida con ello era consciente de que había que profesionalizarse, es decir, tomárselo en serio y ponerse plazos. Al leer una crítica sobre su novela Redburn, dejó escrito: “Yo, el autor, sé que es basura, y lo escribí para poderme comprar algo de tabaco”.

De Melville nos han quedado algunos retratos en los que vemos a un hombre de luengas, levíticas barbas, ojos claros y mirada ausente, siempre bien apuesto y elegante, con trajes gruesos, camisas blancas y pajaritas de la época. Esta elegancia, sin embargo, contrasta con la opinión que tenían de Melville sus propios familiares y amigos, quienes le tildaban de desaliñado con “cierta heterodoxia en los asuntos de la lencería”, como dijo Hawthorne con cierta malicia, haciendo referencia a su poca propensión a mudarse la ropa interior.Empezó a escribir a los 26 años y sólo dedicó doce, de los 72 años de su vida, a la escritura. A los 38, desengañado y frustrado por la incomprensión que generaban sus obras, se dedicó a esbozar algunos versos que iba componiendo a escondidas, acto del que no quería que nadie se enterase, tal como solicitaba con apremio su mujer a su madrastra en una carta: “Te pido que no se lo cuentes a nadie”.

2013-01-25-HermanMelvillehacia1861.jpgLos largos meses que pasó con marineros a bordo de los balleneros, hicieron de él un hombre con inclinaciones a la “adhesividad” (término acuñado por Walt Whitman para hablar de la homosexualidad), lo que según algunos de sus exégetas fue la causa de que tuviera serios encontronazos con su esposa Lizzie, con quien había tenido cuatro hijos. Por cierto, los dos primeros, Malcolm y Stanwix, murieron en circunstancias extrañas: se dice que el primero se pegó un tiro en la cabeza a la edad de 18 años, aunque los médicos forenses cambiaron la versión, por una cuestión social, afirmando que Malcolm había muerto por accidente. El segundo, Stanwix, murió solo en un hotel de California a los 35 años, después de una vida repleta de fracasos.

 Es extraordinario pensar que Melville coincidiera con Poe o Whitman en la Nueva York caótica de aquella época y que compartieran páginas de algunos semanarios, aunque nunca llegaron a conocerse. En un viaje de cuatro meses en el otoño de 1849, Melville debió de coincidir en las calles de Londres con Dickens, a quien admiraba profundamente, pero la mala fortuna impidió que llegaran a encontrarse. A su idolatrado Nathaniel Hawthorne, el autor de La letra escarlata, lo conoció en una excursión al Monument Mountain, donde les sorprendió una tormenta que les obligó a buscar cobijo entre las rocas. Allí estuvieron hablando más de dos horas, y allí se produjo el descubrimiento recíproco de los dos autores. Hasta tal punto fue así que Melville le dedicó Moby Dick “como prueba de mi admiración por su genio”.

Algunos de sus libros posteriores, obras absolutas de la creación literaria de todos los tiempos, como Bartleby, el escribiente, Benito Cereno o la póstuma Billy Budd, pasaron desapercibidas. Esta última no se descubrió hasta 1924, después de pasar más de 30 años guardada en una coqueta panera de hojalata, donde su mujer,Lizzie, había colocado los manuscritos inéditos.

A Melville se le considera el precursor de la novela moderna, por sus indagaciones en el monólogo interior, por su ruptura con los esquemas de las novelas clásicas, por la elaboración de laberínticas ficciones, pero tambié2013-01-25-GregoryPeckenMobyDickdeJ.Houston.jpgn por saber anticipar el absurdo y el sinsentido del mundo y las ciudades modernas, donde el hombre pierde sus atributos y se convierte en un pelele del sistema social, lo que le convierte en el antecesor directo de Kafka. También es el creador de un personaje que ha pasado al imaginario colectivo, el capitán Ahab, mito literario que está a la altura de Don QuijoteHamlet, Sherlock Holmes o Raskólnikov, por poner algunos ejemplos.

A comienzos de 1863, Melville y su esposa dan por concluida su vida en el campo y regresan a Nueva York. Esta decisión se debió al ahogo financiero de la familia y a la imposibilidad de Melville de devolver un crédito que había pedido años atrás para comprar su casa. Como sus libros no le daban ningún tipo de beneficio y su sensación de fracaso iba en aumento, Melville decidió buscar trabajo. Tardó tres años en encontrar un puesto en el Servicio de Aduanas en los muelles del río Hudson, donde cobraba cuatro dólares al día, seis días a la semana. Allí, en una caseta con poco margen para la comodidad, se dedicaba a verificar mercancías y a cobrar tributos. De vuelta en su casa, le sacaba horas a la noche para componer poemas. Estuvo así 20 años hasta que, debido a los dolores crónicos que le acosaban, dejó de trabajar. Ya en los últimos meses de su vida comenzó a escribir una de las novelas cortas más bellas de la historia de la literatura, Billy Budd, pero no le dio tiempo a verla impresa. La muerte se lo llevó por delante el 28 de septiembre de 1891, en la casa prestada de su hermano en Nueva York. Murió de un paro cardíaco, en la más estricta soledad y en el más ignominioso de los anonimatos.

Publicado originariamente en El Huffington Post.


 

BUKOWSKI: ALCOHOL, MUJERES Y LIBROS

Durante los primeros cuarenta años de su vida, la vida sexual de Charles Bukowski fue prácticamente nula. De hecho no salió con ninguna chica durante su época de estudiante en el instituto ni tampoco en la Universidad. Él mismo estaba convencido de que era tan feo que jamás una mujer querría salir ni acostarse con él. Y no era para menos: durante su adolescencia y su juventud, Hank, como le llamaban familiarmente, fue un tipo alto, desgarbado y corpulento, propenso al aislamiento2012-07-13-noname.gif y a la timidez, de carácter huraño y con un terrible problema de acné. Tenía la cara agrietada por los granos, pero también la espalda, los hombros e incluso los párpados, lo que le provocó un complejo físico que fue el blanco idóneo para el escarnio de sus compañeros de clase y el rechazo airado de las muchachas de su edad. No en vano, los profesores del instituto llegaron a pedirle que dejara de ir a clase durante un tiempo por las desagradables pústulas que el joven padecía con virulencia en su rostro.

Si a esto le sumamos que la familia de Bukowski era inmigrante y que llegó a Estados Unidos procedente de Alemania en los años de la Gran Depresión, que el padre era un animal que pegaba brutalmente a su hijo por cualquier motivo y que la madre consideraba que la mujer tenía que obedecer siempre al esposo, que este siempre llevaba razón y que la función única de la mujer era la de llevar la casa y criar a los hijos, se entiende que Hank dejara por escrito lo siguiente: “Mi infancia no había sido fácil, así que el resto de mi vida no me sorprendió tanto”.

En efecto. Parece que todas estas miserias (las palizas del padre, la sumisión de la madre, la pobreza, el sentimiento de saberse un inadaptado, el rechazo de los compañeros) le acabaron por endurecer para todo lo que tendría que venir después: el alcohol, el vagabundeo, los trabajos miserables, las peleas callejeras, las mujeres locas, la adversidad y la subsistencia más elemental.

Bukowski empezó a beber con apenas 17 años, inducido por su amigo Baldy, hijo de un prestigioso cirujano que había perdido la licencia por ser alcohólico. El padre de Baldy había dejado de beber por entonces pero aún conservaba numerosos toneles de vino en la bodega. En aquel sitio Baldy invitó a Hank a probar, le enseñó a poner la cabeza bajo la espita y a trasegar como un cosaco. Al principio, no le gustó y le repugnó el olor agrio del vino, pero luego ya no hubo vuelta atrás: “Crecí, me expandí, medía casi cuatro metros, era un gigante. Y me sentía maravillosamente. Y la vida era estupenda, y yo era poderoso. Y eso fue todo. Estoy enganchado desde entonces”.

Durante su época de estudiante pasaba largas temporadas sin asistir a clase, gastando el tiempo en los bares, pero también en la biblioteca pública cercana a su casa, donde descubrió a Sinclair Lewis, a D. H. Lawrence, de quien dice que leyó todos sus libros, a John Dos Pasos, a Sherwood Anderson y a Ernest Hemingway que fue el escritor, junto con John Fante, que más le impresionó.

Enseguida supo que quería dedicar su vida a la literatura, pero había un problema: escribir requería tiempo y requería de experiencias vitales de las que poder nutrirse. Esto compaginaba mal con el trabajo, contra el que se rebeló toda su vida y contra el que dejó escrito muchos versos, como éste: “La verdadera / esclavitud humana / de hombres que no sabían / que eran esclavos”.

De ahí le vino ese vagabundeo infatigable de una ciudad a otra, de un bar a otro, sin más objetivo que vivir situaciones que le sirviesen de material para la escritura: personajes turbios, habitaciones sórdidas, estampas de ciudades, lóbregos tugurios de barriadas marginales, todo valía para alimentar el bagaje de la experiencia. Vivió a base de rebanadas de pan, de salchichas ahumadas y de manteca de cacahuete. En cierta ocasión, después de estar cuatro días sin probar bocado, se dio el capricho de comprarse una bolsa de palomitas de maíz. Estaban calientes, saladas y grasientas y hacía tanto que no comía que entró en estado de trance en mitad de la calle y se puso a2012-07-13-20120711Bukowskiathiswritingdesk.jpg gritar: “¡Gracias, gracias, gracias!”

Dilapidaba todo su dinero en bebida y en las carreras de caballos, donde apostaba fuerte y perdía con frecuencia.

Un día de diciembre de 1969, Bukowski recibió una llamada de teléfono y alguien al otro lado de la línea le dijo: “Mira lo que se me ha ocurrido, Hank. Si dejas la oficina postal te daré cien dólares mensuales toda la vida”. Bukowski se quedó noqueado y aturdido. Era John Martin, editor de Black Sparrow Press. Después de pensarlo durante varios días, le devolvió la llamada y respondió con un lacónico: “Trato hecho”. Martin, que creía ciegamente en la genialidad de Bukowski, vendió su colección de primeras ediciones de H. D. Lawrence por 50.000 dólares y se comprometió con Hank, cual mecenas, de por vida.

Bukowski había ido publicando relatos y poemas que enviaba sin parar a cualquier revista o periódico de los Estados Unidos, pero lo que le había dado cierta notoriedad en los últimos años había sido su columna semanal llamada Escritos de un viejo indecente que había publicado en el Open City de Los Ángeles. Entonces, libre de presiones y libre por fin de la esclavitud del trabajo, se dedicó con ahínco a escribir su primera novela, Cartero, que acabó en veinte noches. Y entonces, cuando sólo habían pasado tres semanas de enero, Hank llamó a Martin y le dijo: “Ya está, ven a buscarla”. La novela se vendió aceptablemente bien y, con el paso del tiempo, llegó a convertirse en el libro más vendido de Black Sparrow Press.

Por fin, a los 50 años de edad Charles Bukowski pudo dedicarse a escribir de pleno. Comenzó a dar recitales, a conceder entrevistas (casi siempre a regañadientes), recibía a los periodistas en pantalones cortos, con el torso desnudo y un botellín de cerveza en la mano, y las mujeres comenzaron a asediarle. A partir de aquel momento, su vida sexual fue irreprimible: jovencitas extranjeras que venían a adorarle, estudiantes de literatura que querían retozar con él, poetisas de segunda fila, alcohólicas sin un céntimo en el bolsillo… Todo valía para resarcirse de tantos años de abstinencia, y todo valía para escribir libros. Llegó a acostarse con tantas chicas que perdió la cuenta. De ahí nacieron títulos como Mujeres o La máquina de follar. Luego vinieron el resto de sus libros: Factótum, La senda del perdedor,Hollywood, etc.

A primeros de 1993 le diagnosticaron leucemia. Pasó dos meses en el hospital, adelgazó y perdió agilidad, acabó encorvándose y se convirtió súbitamente en un anciano rodeado de gatos. Sin embargo, siguió bebiendo y escribiendo, hasta que el 9 de marzo de 1994, a los 73 años de edad, murió víctima del cáncer. Le enterraron en el cementerio de Green Hills Memorial Park. En la lápida quiso que figurase, junto a una figura de un boxeador en guardia, este epitafio: “Ni lo intentes”.

Publicado originariamente en El Huffington Post.


 

THOMAS MANN: EL ARTISTA, EL BURGUÉS Y LOS JOVENCITOS

Pomposo y pagado de sí mismo, ancho de espaldas, viciosamente perfecto en su escritura del alemán, siempre serio, la nariz prominente, puntiagudas las orejas y las cejas, con unos ojos escrutadores de mirar implacable, más que un escritor merecedor del Nobel, Thomas Mann, con la colilla de un cigarrillo en el extremo de los dedos y la2012-09-08-ThomasMannbyReuters_2.jpg pluma siempre presta a garabatear, parecía uno de esos funcionarios antiguos de aduanas o un inspector de policía a punto de tomar declaración.

Quienes lo divisaban en las neblinosas mañanas de Múnich, junto a su mujer Katia, podían ver en él su procedencia altoburguesa, su refinamiento y su cultura, su elegancia, pulcramente atildada. Tocado de sombrero, solía vestir oscuros trajes de anchas solapas, con riguroso pocket square, cubiertos por largos abrigos de paño, y lustrosos botines de piqué.

Thomas Mann nació en 1875 en Lübeck. Fue el segundo hijo de un rico comerciante alemán, respetado senador de su ciudad, y una brasileña, de físico netamente latino y de origen criollo-portugués, dotada del encanto y el exotismo de una tierra cálida y apasionada. Una pareja llena de contrastes que llevarían al joven a fluctuar entre los rígidos principios del padre, y sus deseos de que el joven Mann prosiguiese la tradición familiar del comercio, y la sensibilidad melancólica y apasionada de la madre, quien fomentaba su imaginación a través de la música y los ensueños de mundos fabulosos.

Sin embargo, el padre de Thomas murió relativamente joven, a causa de una septicemia, cuando él contaba quince años. Esto le permitió la posibilidad de realizar sus sueños, ya que la escuela y todo lo relacionado con la empresa le aborrecía. Pero antes tuvo que trabajar y, entre otras labores, estuvo empleado como meritorio en una compañía de seguros, copiando a mano los formularios de las pólizas mientras, volcado en su pupitre, iba escribiendo su primer relato, Caída, que le proporcionó el primer éxito literario.

Al poco tiempo le dijo a su madre que quería hacerse periodista, “esa profesión un tanto imprecisa”, y durante un tiempo estuvo asistiendo a la universidad. En 1896 dejó todo para irse a vivir con su hermano Heinrich a Italia, donde permaneció un año y medio viviendo entre Roma (en invierno) y Palestrina (en verano). Este hecho fue decisivo en su vida, pues allí fue donde empezó a escribir Los Buddenbrook, con la intención de que fuera una historia familiar íntima. En casa de la madre, y en presencia de los hermanos y de sus amigos, a veces les leía fragmentos del manuscrito, y todos reían y aplaudían lo que consideraban un esparcimiento y un prolongado ejercicio de virtuosismo artístico del indolente Mann. Poco podían imaginar, sin embargo, los allí reunidos que esa obra, por sí sola, sería merecedora algún día del más alto galardón literario…

En 1901 el libro apareció, con una tirada de 1.500 ejemplares, en dos tomos, con cubierta amarilla, al precio de doce marcos en total. Pese a las reticencias del editor y a la negativa de Thomas de acortar la novela, el recorrido de ésta fue lento: nadie quería gastarse tanto dinero en el “hosco producto” de un autor joven y desconocido. La crítica llegó a protestar malhumorada si “de nuevo iban a ponerse de moda los mamotretos en dos volúmenes”. Sin embargo, la edición se agotó en un año y la editorial decidió lanzarla esta vez en un único tomo, al precio de cinco marcos, después de lo cual el éxito fue imparable.

Antes de embarcarse en la redacción de una novela, Mann hacía minuciosos preparativos y luego la escribía lentamente, con una morosidad que, sin duda, se nota en la lectura de sus obras, no tenía prisas, porque sabía que en el arte son malas consejeras. Solo unos ejemplos: Los Buddenbrook tardó en escribirla casi cuatro años (la publicó cuando tenía 25), La montaña mágica, doce, y Confesiones del estafador Félix Krull, ¡cuarenta y cinco!

Después de la primera novela publicó el Tonio Kröger, a raíz de un viaje por Dinamarca y no fue hasta entonces que dejó de ser para él un motivo de turbación tener que decir que se ganaba la vida como escritor. Viajó también a España donde el sur andaluz le dejó indiferente, en tanto que se quedó prendado del casticismo de Castilla, Toledo, Aranjuez, Segovia y El Escorial.

Debido a la influencia de los valores burgueses, Thomas Mann aspiraba desde muy joven al matrimonio. Estuvo a punto de casarse con una joven inglesa que conoció en una pensión de Florencia pero a última hora se retrajo por “un sentimiento de que aquello era demasiado prematuro y por ciertos reparos que se referían a la nacionalidad extranjera de la muchacha”. Finalmente se casó en febrero de 1905 con Katia, a los 30 años, con quien tuvo seis hijos. Parece ser que el resto de las mujeres pasaron inadvertidas para Mann a lo largo de su vida, pero no así los jovencitos con quienes se iba topando en recitales, óperas, restaurantes y jardines. Es conocida su proyección autobiográfica, con claras alusiones a experiencias de atracción homosexual, en La muerte en Venecia (1912), en ese enigmático, bellísimo efebo de cara pálida y perfecta, cabellos rubios y rizados, remota imagen de una escultura griega, llamado Tadzio, que supone la perturbación y la perdición del honorable Gustav von Aschenbach, alter ego del autor.

2012-09-16-20120908Thomas_Mann_with_Albert_Einstein_Princeton_1938.jpg
Thomas Mann era un hombre que toda su vida se movió entre antítesis y polos opuestos: el hedonismo y el sacrificio, la indolencia y el trabajo, la vida ajetreada de los círculos sociales y el necesario recogimiento del artista, la salud deseada y la enfermedad atormentada, el individualismo romántico y el socialismo humanista, la heterosexualidad y la homosexualidad.

Su vida fue intensa: abandonó Alemania cuando los nazis se hicieron con el poder, se nacionalizó americano y checoslovaco, vivió en California, en Kilchberg, cerca de Zúrich (Suiza), conoció a Einstein, fue un entusiasta lector de Tolstoi, deNietzsche y de Schopenhauer, admiró a Knut Hamsun e idolatró, estudió y se entusiasmó con Goethe, con quien se medía constantemente y a quien llegó a utilizar como personaje en esa extraña novela titulada Carlota en Weimar. Como cualquier otro hombre, no se libró de la tragedia: dos de sus hermanos se suicidaron (una de ellas, Carla, una actriz teatral de poco relumbrón, se quitó la vida en la casa de campo de la madre de Thomas, en Polling, en la Alta Baviera, tras un desengaño amoroso en la que ella había sido la protagonista. Carla tomó una fuerte dosis de cianuro y la encontraron derrengada en la casa de la madre, lo que a Thomas, después de todo, no le pareció un gesto demasiado estético, ya que aquel acontecimiento suponía un duro golpe para el delicado corazón de la mujer anciana), así como su hijo Klaus, un novelista de segundo orden, a quien se le torcieron demasiado las cosas.

Finalmente, Thomas Mann murió a los 80 años de edad, el 12 de agosto de 1955, víctima de una arteriosclerosis, mientras dormía en un hospital y su mujer Katia velaba su enfermedad junto a la cama. Por lo visto, en la hora en que la parca lo arrebató, no movió ni cambió de posición su cuerpo en reposo. Tan sólo volvió, casi imperceptiblemente, la cabeza hacia un lado y con aquella “cara de música” que tenía, se quedó vuelto hacia su mujer, “con el rostro del que escucha, absorto y con gran atención, lo más familiar y lo más querido”.

Publicado originariamente en El Huffington Post.


RODOLFO WALSH, UNA REIVINDICACIÓN

La dictadura militar argentina, que tuvo lugar entre los años 1976 y 1983, dejó un reguero de cadáveres, desaparecidos y víctimas, por los que aún hoy, 35 años después, se sigue juzgando a militares como Alfredo Astiz o a dictadores c2012-07-02-Rodlfo_Walsh.jpgomo Jorge Rafael Videla, quienes en el colmo del retorcimiento se siguen declarando “inocentes políticos que contribuyeron al logro de la concordia nacional”.

Fueron más de 20.000 las personas desaparecidas o asesinadas por aquellos militares mesiánicos y atroces, entre los que se hallaban numerosos periodistas, escritores e intelectuales. Uno de tantos fue Rodolfo Walsh, que fue abatido en la confluencia de dos avenidas de Buenos Aires el 25 de marzo de 1977, justo un año después del golpe de Estado y tras publicar su demoledora Carta abierta de un periodista a la Junta Militar.

Entonces Rodolfo Walsh tenía 50 años y hacía tan solo seis meses que su hija María Victoria, apodada Hilda, de apenas 26 años de edad, se había quitado la vida pegándose un tiro en la sien tras un enfrentamiento con más de 150 soldados de la Junta Militar argentina. Con una extraña frialdad impropia de un padre que está contando la muerte de su hija, Rodolfo Walsh había enviado una carta a sus amigos donde relataba cómo María Victoria, militante ferverosa de Montoneros, organización guerrillera de tendencia peronista, antiimperialista y nacionalista, estaba dispuesta a no entregarse viva bajo ningún concepto, aún a pesar de tener un bebé de apenas un año de vida.

En aquel mes de septiembre de 1976, María Victoria llevaba consigo una pastilla de cianuro, algo muy común entre los guerrilleros y paramilitares argentinos, dispuesta a ingerirla en cualquier momento, como había hecho el periodista Paco Urondo, amigo de la familia. Aquella pastilla era vista como un símbolo postrero contra la barbarie. Pero no hubo de utilizarla. Cuando asaltaron la casa clandestina en la que se hallaba,Hilda se defendía desde lo alto de una terraza, y como dejó escrito Rodolfo Walsh, lucía pelo corto, un aspecto enflaquecido y un camisón que le quedaba demasiado g2012-07-04-walsh.pngrande. Tras estar un buen rato disparando con su metralleta contra los soldados que iban a por ella, acabó por tirarla al suelo, y junto al compañero con quien estaba en la terraza, levantaron los brazos y a voz en grito exclamaron: “¡No son ustedes quienes nos matan, somos nosotros quienes elegimos morir!”. Entonces se llevaron las pistolas a las sienes y se quitaron la vida delante de todos los soldados. Al entrar en el edificio, los militares encontraron a la nieta de Rodolfo Walsh, de apenas un año de vida, sentada en su cama, junto a los cinco cadáveres de los guerrilleros que acompañaban a María Victoria.

Este episodio ilustra la tensión y el dolor con que Rodolfo Walsh vivió toda su vida.

Descendiente de una familia humilde de irlandeses, insobornable de carácter, delgado, con el rostro afilado, la frente despejada y gafas de pasta de carey, Walsh se consideraba un guerrillero antes que periodista, y periodista antes que escritor. Lo cierto es que sus reportajes estaban más cerca de la gran literatura que del mero reportaje de actualidad. Su vida como periodista estuvo muy vinculada a su actividad política, quizá en línea con la concepción sartreana del compromiso del intelectual. Fue nacionalista en su adolescencia, peronista en su juventud, montonero en su madurez y defensor a ultranza durante toda su vida del movimiento obrero en su más pura esencia, aquella que anteponía la defensa ecuánime del trabajador sin verse en la obligación “de optar entre la barbarie peronista y la barbarie revolucionaria”.

Rodolfo Walsh, que escribía para semanarios obreros y publicaciones clandestinas, es considerado el precursor del Nuevo Periodismo, esa corriente ecléctica que se le atribuye a Truman Capote, y lo cierto es que Operación Masacre fue escrita nueve años antes que A sangre fría. Pero uno duda de que el escritor argentino aceptase tan alto honor leyendo su epílogo de Operación Masacre, donde desconfía y pone en solfa las posibilidades del periodismo, preguntándose si la sociedad necesitaba enterarse de cosas como las que él denunciaba. Escribía: “Aún no tengo una respuesta. Se comprenderá, de todas maneras, que haya perdido algunas ilusiones, la ilusión en la justicia, en la reparación, en la democracia, en todas esas palabras, y finalmente en lo que una vez fue mi oficio (el periodismo), y ya no lo es”.

Algunos de los integrantes del grupo que lo asaltaron en plena calle, justo el día después de publicar su famosa Carta abierta de un escritor a la Junta Militar, aseguran que Rodolfo Walsh se parapetó tras un árbol, enarbolando una pistola Walther de calibre 22, y que no dejó de disparar hasta que fue herido de muerte. Por lo visto, su cuerpo fue exhibido a los secuestrados del campo de concentración de la ESMA, donde ocurrían los más siniestros y cruentos crímenes de Argentina. Pero esto pertenece ya al terreno de la ficción o, al menos, al más difuso de la probabilidad, puesto que el cadáver de Rodolfo Walsh nunca apareció. Lo que sí es cierto es que murió como lo había hecho su hija, luchando por defender a su país de la barbarie y la degradación moral.

Publicado originariamente en El Huffington Post.


 

PÍO BAROJA, UN ANIVERSARIO

Pío Baroja vivió los últimos años de su vida en Madrid, en la calle Ruiz de Alarcón número 12, en el piso cuarto izquierda, una casa amplia en pleno barrio de Los Jerónimos que el escritor Juan Benet describió con somera precisión: “Un gran salón con tres balcones a la calle, pero de poca luz, con la larga y exenta mesa de roble, un tablero y cuatro patas, el biombo que junto a la puerta creaba un aislamiento respecto a ella, las estanterías de libros hasta media altura, los cuadros de Ricardo Baroja, de Arteta, de Néstor, aquel hundido y mullido y casi sacramental butacón, siempre con el molde de su cuerpo y la manta a sus pies”.

A 2012-11-11-PioBaroja_fuenteDiarioVasco.com.jpgveces resultaba difícil verle pasear por las señoriales calles de aquel barrio armónico y sedante, ya que Pío Baroja era un hombre con tendencia al sedentarismo, al refugio del hogar y la soledad de la escritura, como demuestran los más de 120 libros que escribió a lo largo de su vida. Pero lo cierto es que son memorables sus paseos por los cercanos senderos del Botánico y los parterres de El Retiro, donde se le podía ver en las mañanas desapacibles del otoño, emboscado en su largo gabán negro, con la bufanda tapándole la boca y la boina calada hasta las cejas, pensativo y reconcentrado, hosco y vuelto hacia sí mismo; o sus demoradas caminatas por los paseos de Recoletos y del Prado, o sus recorridos morosos por los numerosos puestos de la Cuesta de Moyano donde buscaba folletines, libros de lance, periódicos y revistas antiguas, grabados y litografías que atesoraba en la biblioteca de su casa y, a medida que ya no cabían en ella, los iba enviando a su caserío de Itzea, en Vera de Bidasoa, un caserón que había adquirido en el año 1912, donde llegó a acumular más de 30.000 volúmenes.

Los retratos de Baroja nos enseñan a un hombre calvo (con apenas 30 años ya lo era), de barba puntiaguda, ancha nariz y grandes orejas, una mirada entre triste y melancólica, pero escrutadora y misteriosa, con una fisonomía de hombre cauteloso y profundo, aburrido, si se nos permite, algo así como uno de esos mercaderes que se ven en los cuadros de Marinuso como un orfebre de la Edad Media, según le definió Azorín, vestido siempre de negro, con quevedos y boina, un andar entre jorobado y de perro pachón, pero saludable y bien alimentado.

Nacido en San Sebastián el 28 de diciembre de 1872, Baroja estudió Medicina en Madrid, ejerció de médico en Cestona y regentó la panadería de su tía Juana Nessi, cuyo marido, Matías Lacasa, trajo a Madrid la fórmula del pan de Viena, llegando a ser los proveedores de la Casa Real. Al morir sus tíos, la panadería quedó en herencia de los sobrinos, quienes durante unos cuantos años estuvieron explotando el negocio en la calle de los Capellanes, junto al convento de las Descalzas Reales, de donde tomaron el nombre las actuales tiendas Viena Capellanes.

Tras algunos enfrentamientos con los familiares y empleados de la panadería, Baroja abandonó y decidió dedicarse, por espacio de unas semanas, a especular en Bolsa. Pero aquello tampoco le convenció y con apenas 26 años recién cumplidos tomó una drástica decisión:

“La vida burguesa no me producía el menor entusiasmo. Las diversiones, el teatro, los toros, no me gustaban nada. Había sido médico de pueblo, industrial, bolsista y aficionado a la literatura. Había conocido bastante gente. El ir a América no me seducía. Llegar a tener dinero a los cincuenta años no valía la pena para mí. Quería ensayar la literatura. Yo comprendía que ensayar la literatura daría poco resultado pecuniario, pero mientras tanto podía vivir pobremente, pero con ilusión. Y me decidí a ello”.

Así, al poco tiempo de escribir esto, publicó su primer libro, Vidas sombrías, un conjunto de relatos que supuso el reconocimiento de Unamuno y Azorín, entre otros. Corría el año 1900, la tirada del libro, que fue exigua, apenas llegó a los 500 ejemplares, la sufragó el propio autor, unas 500 pesetas, y la mayoría de ellos se perdieron durante los bombardeos de la guerra civil en su casa de la calle Mendizábal, barrio de Argüelles, en la que entonces vivía. Pero no sería hasta el año 1902 con la publicación de Camino de perfección cuando Baroja se diera a conocer definitivamente.

Sus autores predilectos eran los grandes del siglo XIX: Dickens, Tolstoi,Dostoievski, Stendhal, Hugo y Dumas, pero también leyó con pasión aSchopenhauer y Nietzsche, pasó olímpicamente de Freud y de Marx, le interesó la brujería y la nigromancia, y decía de sí mismo que “era un fauno reumático que leía un poco a Kant“. Juan Benet sostenía que, a lo largo de toda la vida literaria de Baroja, se habían sucedido en Europa y América un buen número de modas, corrientes y escuelas lo bastante arrolladoras como para haberse visto influido por ellas: entre su juventud y su madurez vio pasar el modernismo, el simbolismo, el dadaísmo, el surrealismo y a autores de la envergadura de Joyce, Proust, Kafka,Mann, Céline o Faulkner, sin que aquello le hiciera “levantar la cabeza a su paso”.

Hizo de corresponsal para El Globo en la guerra civil de Marruecos, viajó por toda Europa, escribió para numerosos periódicos nacionales e internacionales. En el año 1923 sufrió la mordedura de un perro, que le costó estar ingresado en el Instituto Cajal para seguir una cura antirrábica. Va publicando sus novelas importantes: La busca, Aurora Roja, Mala hierba, El árbol de la ciencia, Zalacaín el aventurero… De esta última se rodó una película en el verano de 1928 y otra en 1954, en la que intervino el propio autor y en cuya versión final su voz fue doblada por un actor. Al inicio de la guerra civil sufre un incidente en Santesteban, donde está a punto de ser fusilado, pero logra escapar y huir a Francia.

A Baroja se le ha considerado misógino, ácrata o al menos anarcoide, filofascista, antisemita, romántico y modernista, y no se le conocen mujeres o amoríos de relevancia. Su carácter huraño y hosco le hizo espantarlas, aunque fue un hombre criado en matriarcado: la madre, la hermana Carmen, las tías, desempeñaron un papel importante en su vida. Su teoría de la novela era bastante sencilla: la ficción requiere de espontaneidad y de observación. Creía que el auténtico enemigo de la creación artística era la técnica consciente, y por ello exigía completa libertad de acción a la hora de escribir: “Ni en la literatura, ni en el arte, ni en la ciencia, puede haber reglas ni métodos para una cosa tan íntima y subjetiva como la creación”.

2012-11-11-pio_baroja_hemingway_fuenteElBilbiomano.jpg

Era en la casa de Ruiz de Alarcón donde estaba ese reloj que Cela siempre recordaba, y que figuraba en lo alto de una puerta, con una leyenda que decía: “Todas hieren, la última mata”. En su caso, la última hora de Baroja se empieza a vislumbrar en 1955, tras el diagnóstico que le hace el doctor Marañón de un grave proceso arterioesclerótico. Unos meses más tarde sufre una caída a las cinco de la mañana, que le supone la fractura del fémur. Su estado general se agrava notablemente. En el mes de octubre de 1956, el día 9, Ernest Hemingway le visita y le rinde un respetuoso homenaje, y unos días más tarde, el 30 de ese mismo mes, Pío Baroja fallece en su casa de Ruiz de Alarcón. Al día siguiente, una comitiva funeraria acompaña al escritor en autobús. Se dirigen para sorpresa y escándalo de muchos, tal y como ha recordado recientemente Juan Eduardo Zúñiga, al cementerio civil de Madrid, junto al de la Almudena, y es enterrado a las diez y media de la mañana. Nacía ya el mito del artista gruñón y del pesimista antropológico.

Publicado originariamente en El Huffington Post.